Mi MAS PRECIADO TESORO
Cuando abrí la ventana, debajo de ella –para mi asombro- pude ver el mar. No pude contener lo que estaba sintiendo, fue algo mágico, quería salir corriendo y mojar mis pies, saltar en el agua cómo un pez. Estaba tan excitado y atemorizado por lo que desconocía que casi no podía emitir palabra alguna. Por toda esa inmensidad de agua que me embriagaba. Mis padres, al verme así, decidieron que primero tomaríamos el desayuno y luego iríamos a la playa.
Durante casi todo el viaje estuve despierto, pero el cansancio me venció. Era bastante entrada la noche cuando llegamos. Mi padre me llevó en brazos a la cama.
Vivíamos en las afueras de San Cristóbal, una ciudad de Venezuela, donde a lo lejos sólo se divisaban las montañas. Roxana y Julio Fuentes, como se llamaban mis padres, tenían una granja. En ella criaban ganado vacuno, porcino y aves; desarrollaban también la agricultura. La granja era tan grande que los mantenía ocupados la mayor parte del tiempo, por eso casi nunca me llevaban a vacacionar. Siempre pendientes de los negocios que les heredaron los abuelos.
Ver el mar frente a frente, sentir como su olor me invadía, oír su voz susurrante y ver la cadencia de su danza, fue el más grande impacto que he mantenido en mi memoria toda mi vida. Nunca antes lo había visto así. En toda su plenitud. Sólo en fotos.
Recuerdo que me trague las panquecas y el jugo de naranja que mi madre había preparado, como si fuera una de esas máquinas destructoras de papel. Ni siquiera los saboreé, mis padres casi no pudieron comer por mi apuro en salir, y entre risas me llevaron hasta allá.
Me paré frente al mar, mis padres se encontraban tras de mí. Me parecía tan grande y majestuoso con ese ir y venir imparable, con su ruido tan peculiar y calmante, con esa profundidad que desconocía pero que intuía. Fue todo un espectáculo, ver las gaviotas revoloteando para luego zambullirse por un pez, ver a las personas paradas en los malecones pescando. Admirar uno que otro barquito, como solía llamarlos, navegando mar adentro.
Y yo, ahí, parado con mi paleta de colores, dibujando en mi mente cada detalle, cada momento, con sus respectivos matices para que no se me escapara ninguno.
¡Ninguno se me escapó! Mi vida cambió después de ese viaje. Ahora cuando soy el encargado de la granja Fuentes, en los momentos difíciles de mi vida, me escapo y viajo a ese lugar de ensoñación que dejé guardado en un sitio dónde nadie más puede entrar… un sitio que es sólo mío. Ese es mi más preciado tesoro.